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Relato de terror: en el pueblo sumergido del pantano de Sau, los muertos tienen sed

Relato de ficción. Publicada el 27 de octubre de 2026

Lo primero que aprendí en el pantano de Sau es que los muertos tienen sed.

Lo segundo, que no hay que darles de beber.

Me llamo Montse. Fui la vigilante de noche del pantano el invierno de la gran sequía, de octubre de 2023 a febrero de 2024, cuando el agua se retiró y dejó al aire el pueblo que se había tragado sesenta años antes. Lo cuento ahora porque ha vuelto a llover. Y porque hay una cosa que la lluvia no ha arreglado.

La caseta del final de la carretera

El trabajo era sencillo. Una caseta de obra al final de la carretera, donde la gente dejaba el coche para bajar andando hasta la iglesia. Un termo, dos linternas, una radio. Una ronda cada hora. Y que nadie bajara de noche.

Porque de día bajaba todo el mundo. Familias, ciclistas, parejas que se metían a hacerse fotos en el campanario aunque los carteles lo prohibieran. Más de uno se había quedado atrapado en el barro y habían tenido que sacarlo. De noche, se suponía, no bajaba nadie. Para eso estaba yo.

Lo que el agua había devuelto era un pueblo entero, de color gris. La iglesia de Sant Romà, consagrada hace casi mil años. Las paredes de la escuela. Los postes del teléfono. Lo que quedaba de una fonda, el Hostal de la Riba. Las torres del molino, todavía con sus almenas. Y a un par de minutos de la iglesia, el cementerio.

Nadie me supo decir si se llevaron a los muertos antes de que llegara el agua.

El campanario es lo que sale en las fotos. Cuando el pantano está lleno, solo asoma la punta, y en la comarca lo miran para saber cómo va el agua. Aquel año se veía entero, con su tejado de piedra en pico y un cartel clavado en la pared: Està prohibit entrar a dins el recinte del campanar per perill de despreniments. Prohibido entrar: se caen piedras.

El campanario de piedra de Sant Romà de Sau, fuera del agua, con un cartel de prohibido entrar y vallas metálicas
El campanario de Sant Romà de Sau durante la sequía, con el cartel que prohíbe entrar y las vallas alrededor. Foto: Iglesia de Sant Roma (2), Alberto-g-rovi (Wikimedia Commons). CC BY 3.0

De noche, el fondo de un pantano no se parece a nada. La linterna te enseña un trozo de pared, una ventana sin marco, un poste, y todo lo demás es negro. Huele a barro y a pez. El barro, al secarse, se agrieta, y a veces cruje solo, como un mueble viejo. Te acostumbras. Eso creía yo.

La primera semana no pasó nada. Niebla por las mañanas, eso sí: una niebla espesa que subía del agua que quedaba y lo tapaba todo hasta media mañana. A los de Sau los llamaban els fumats, los ahumados, por esa niebla. Me lo contó Lalo.

Lalo hacía el turno de día. Treinta y pocos años, de Puebla, dos hijas, una risa que se oía desde el aparcamiento. Llevaba nueve años en Cataluña y sabía más del pueblo ahogado que yo, que nací a media hora de allí. Nos cruzábamos dos veces al día, a las diez de la noche y a las seis de la mañana, con un café de máquina en la mano.

La noche de Todos los Santos

El 1 de noviembre cayó en miércoles. Lalo llegó al relevo con una bolsa de papel.

«Pan de muerto», dijo. «Lo hace mi mujer. Allá en Puebla hoy ponemos la ofrenda: las fotos, las flores, el pan. Y agua, siempre agua. Dicen que los muertos llegan con sed, que el camino es muy largo.»

Le conté que aquí, en los pueblos, la noche de Todos los Santos los campaneros tocaban por los muertos hasta la madrugada, y que la gente les llevaba castañas y boniatos para aguantar. «Camotes», me corrigió Lalo. Mi abuela decía que de ahí viene la castañada.

«¿Y aquí quién les toca?», preguntó él, señalando con la barbilla hacia abajo, hacia la niebla.

Nadie. La iglesia vieja se quedó sin misa en 1951, cuando la parroquia se mudó a una iglesia nueva, arriba, en la loma. Setenta años sin misa. Sesenta debajo del agua. Ni siquiera sé si al campanario le quedan campanas.

Lalo se fue a dormir y yo hice una tontería, medio en broma. Llené un vaso de plástico con agua de la garrafa, bajé con la linterna y lo dejé encima de lo que quedaba de la tapia del cementerio.

«Per als fumats», dije en voz alta. Para los ahumados. Y me reí sola.

A las tres oí algo. No eran campanas. Era un ruido pequeño, de cocina: el de un vaso que alguien acaba de vaciar y deja sobre la mesa. Toc. Desde abajo. Desde la niebla.

Por la mañana el vaso seguía de pie en la tapia. Vacío. Y alrededor, el barro estaba mojado, oscuro, blando, como si hubiera llovido solo sobre un trozo de tierra del tamaño de una sábana. Hacía meses que no llovía.

Me dije que había sido un jabalí. O el rocío. O la niebla. Me lo dije muchas veces.

Las garrafas

La noche siguiente dejé otro vaso. Y la otra. No sé explicar por qué. Supongo que porque por la mañana siempre estaba vacío, y eso, de una manera que no entiendo, me tranquilizaba: alguien lo había querido.

Las manchas de barro mojado fueron creciendo. Primero una, junto a la tapia. Luego tres. A mediados de noviembre conté once dentro del cementerio, todas del mismo tamaño, en fila, como camas. Por la tarde, con el sol, se secaban. Por la mañana volvían a estar oscuras.

Luego empezaron a vaciarse las garrafas.

En la caseta teníamos dos garrafas de ocho litros que nos cambiaban los lunes. Una mañana Lalo las encontró vacías, con el tapón puesto. Me miró raro. Yo no las había tocado. A la semana siguiente, lo mismo. Pedí cuatro. Duraron tres noches.

«Usted les dio de beber», me dijo Lalo. No se reía. «En mi tierra el agua se les pone un día, el suyo. Luego se van.»

«¿Y si no se van?»

No me contestó.

Una madrugada de diciembre los vi.

Había niebla de la espesa. Bajé hasta el cementerio porque había vuelto a oír el toc, y otra vez, y otra, como si muchos vasos se dejaran a la vez en muchas mesas. Apagué la linterna antes de llegar, no sé por qué. Y entonces los vi, de pie entre las manchas oscuras, quietos. Veinte, treinta. Con la cara levantada hacia la niebla y la boca abierta.

Se estaban bebiendo la niebla.

Llevaban ropa de todas las épocas. Chaquetas de pana, faldas negras hasta el suelo, una niña con delantal. Y al fondo, junto a la iglesia, unos pocos que casi no llevaban nada, solo trapos pegados al cuerpo, como si fueran mucho más viejos que el pantano. Mucho más viejos que todos los demás.

Els fumats de Sau. Siempre pensé que el mote era por la niebla. Lo era. Pero no como yo creía.

No me vieron. O no les importó. Volví a la caseta andando hacia atrás, sin darles la espalda, y me encerré con llave hasta que llegó Lalo.

La pregunta

En enero el pantano bajó al cinco por ciento, lo más bajo de su historia. Lo dijeron en la radio: nunca había bajado tanto desde que existe el pantano. La niebla dejó de subir. Las manchas del cementerio se secaron y ya no volvieron a oscurecerse. Las garrafas seguían apareciendo vacías.

Una noche llamaron a la puerta de la caseta. Tres golpes, despacio, con los nudillos.

Por la ventanilla vi a un hombre mayor, con chaqueta oscura y gorra, de los que ya no se ven. Le chorreaba agua de las mangas, del pelo, de la visera. Y a su alrededor, en el suelo, nada: la tierra seca y agrietada de siempre.

No abrí. Él tampoco intentó entrar. Acercó la cara al cristal hasta empañarlo y habló en catalán, como hablaban los viejos de aquí.

«Quan torna l’aigua?»

¿Cuándo vuelve el agua?

No sé por qué contesté. Me salió. «Aviat.» Pronto.

Se quedó mirándome mucho rato. No a la cara: al cuello, a las muñecas, a la boca. Como se mira una fuente. Después asintió, se dio la vuelta y bajó hacia el cementerio. En la tierra seca no dejó huellas. Solo gotas, una detrás de otra, hasta la tapia.

Al día siguiente pedí que me cambiaran de turno. No había nadie más.

La última noche

El 1 de febrero de 2024 declararon la emergencia por sequía: seis millones de personas con el agua de casa limitada a unos doscientos diez litros por cabeza y día. Lo oí en la radio de la caseta, de noche, con la puerta cerrada con llave y las dos linternas encendidas.

No sé cuándo me dormí. Sé que me desperté con frío y que la puerta estaba abierta.

Lo primero fue el olor. Barro mojado, dentro de la caseta, en un sitio donde no había caído una gota en meses. Luego el ruido: un goteo lento, por todas partes, como en una cueva.

Estaban dentro. Y fuera. Llenaban la caseta, el camino y la explanada del aparcamiento, de pie, quietos, chorreando un agua que no llegaba al suelo. Tenían los labios agrietados como la tierra. Y me miraban todos a la vez.

No como se mira a una persona. Como se mira una garrafa.

El hombre de la gorra estaba delante. Me tocó la muñeca con dos dedos fríos, mojados, y dijo muy bajo, casi con pena: «Tu en tens.»

Tú tienes.

No recuerdo cómo llegué al coche. Recuerdo el ruido del motor y las manos: manos mojadas en todos los cristales, por fuera, abiertas, como cuando un niño pega la mano a un escaparate. No paré hasta Vic. Dejé el trabajo por teléfono esa misma mañana. Lalo no me hizo preguntas.

A principios de marzo el pantano llegó al uno por ciento. Yo ya no estaba. No quise saber quién lo vigilaba.

Cuando volvió el agua

La punta del campanario de Sant Romà de Sau asoma en el pantano lleno, detrás de árboles secos que salen del agua
El campanario con el pantano alto, en marzo de 2013: solo asoma la punta, entre árboles ahogados. Foto: Església de Sant Romà de Sau (Vilanova de Sau) - 5, MARIA ROSA FERRE (Flickr, vía Wikimedia Commons). CC BY-SA 2.0

En marzo de 2025 llovió como no había llovido en lo que va de siglo. En abril el pantano estaba al setenta por ciento y del campanario de Sant Romà solo asomaba el tejado. Fui a verlo un domingo, de día, con Lalo y sus hijas. El agua estaba quieta y verde. Nadie dijo nada.

Los de abajo ya tienen su agua. Eso me digo.

Desde que dejé el pantano, cada noche pongo un vaso de agua en la ventana de la cocina, como en las ofrendas de Lalo. Vivo en un cuarto piso, en Vic.

Cada mañana el vaso está vacío.

El agua ha vuelto a tapar el pueblo. Los de abajo tienen toda la que querían. Así que no sé quién se bebe la mía.

Ni qué pasará la noche que se me olvide dejarla.

¿Qué es verdad en esta historia?

Montse, Lalo y lo que vieron son inventados. El pueblo, el cementerio, el cartel, la niebla, las fechas y las cifras, no: están comprobados, y aquí va cada cosa con su fuente.

Lo que inventamos

Montse, Lalo y la empresa de vigilancia. Que hubiera una vigilante de noche en el pantano. La caseta, las garrafas, los vasos y las manchas de barro mojado. Los muertos que beben niebla, el hombre de la gorra y lo que dice. Lo de dar agua a los muertos un solo día es cosa de Lalo: lo que cuenta la tradición mexicana es que en la ofrenda se les pone agua porque llegan con sed del viaje11.

Lo que es verdad

El pueblo bajo el pantano y lo que la sequía dejó al aire: la iglesia, la escuela, los postes del teléfono, el Hostal de la Riba, las torres del molino y el cementerio34. El cartel del campanario y la gente que entraba igual125. El mote de els fumats, por la niebla4. Los campaneros de Todos los Santos y sus castañas10. Las fechas y cifras del pantano78. Y dos cosas que no hemos encontrado en ninguna fuente: si se trasladaron los restos del cementerio antes de inundarlo y si al campanario le quedan campanas.

Sant Romà de Sau, el pueblo bajo el pantano

Vilanova de Sau, Osona (Barcelona), España

El pueblo viejo está en el fondo del pantano de Sau, en el río Ter, a unos 80 kilómetros de Barcelona. Cuando el agua baja mucho, se llega andando a la iglesia desde el final de la carretera. Su campanario es el símbolo de la sequía en Cataluña: según cuánto asoma, se sabe cómo va el agua.

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Fotografía doble en blanco y negro de una calle de Sant Romà de Sau con un pozo de piedra y una casa con escalera
Una calle con un pozo en Sant Romà de Sau, el 21 de abril de 1929. Placa estereoscópica de Jaume Biosca, Arxiu Fotogràfic del Centre Excursionista de Catalunya. Hoy está bajo el agua. Foto: Carrer amb un pou de Sant Romà de Sau, Jaume Biosca i Juvé (1875-1945). Dominio público
  1. 1061-1062El obispo de Vic consagra la iglesia de Sant Romà, la misma que hoy asoma del agua.1
  2. 21 de abril de 1929Jaume Biosca fotografía el pueblo vivo: sus calles, el pozo y el puente sobre el Ter.2
  3. 1951La misa se muda a una iglesia nueva, en lo alto. La vieja se queda sin parroquia.1
  4. Principios de los años sesentaLa presa cierra el Ter y el agua cubre el pueblo: casas, escuela, iglesia y cementerio.3
  5. Abril de 1990El pantano baja al 6,5 %, el mínimo hasta entonces.5
  6. 2005La sequía deja al aire tres tumbas de los siglos IX y X junto a la iglesia. Se excavan en diciembre.6
  7. Marzo de 2023Con el pantano al 7 %, se sacan carpas y siluros y se vallan las ruinas. Hay que rescatar a gente del barro.5
  8. 21 de enero de 2024El pantano roza el 5 %, su mínimo histórico. Se ven la iglesia, el cementerio y la escuela.3
  9. 1 de febrero de 2024Cataluña declara la emergencia por sequía para unos seis millones de personas.7
  10. Principios de marzo de 2024Sau se queda al 1 % de su capacidad.7
  11. Abril de 2025Después del marzo más lluvioso del siglo, el pantano vuelve al 70 %: del campanario solo asoma el tejado.9

Relato de ficción. Este relato es ficción: sus personajes y lo que les pasa son inventados. El pueblo, sus fechas y sus cifras son reales y van comprobados al final, con sus fuentes.

La serie sigue

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12 fuentes
  1. Sant Romà de Sau (Vilanova de Sau), Catalunya Romànica, Enciclopèdia Catalana
  2. Carrer amb un pou de Sant Romà de Sau (placa estereoscópica AFCEC_BIOSCA_G_107-2138), Jaume Biosca i Juvé, Memòria Digital de Catalunya, fondo del Centre Excursionista de Catalunya (1929-04-21)
  3. La sequía seca el pantano de Sau, en su mínimo histórico, Aniol Costa-Pau, Ara (2024-01-21)
  4. El molí, el cementiri o l'escola de Sau, al descobert: els germans Torra tornen a casa, Ferran Vila Cabanas, Núria Bacardit y Ferran Prat, 3CatInfo (2024-02-01)
  5. Toneladas de peces sacrificados y un campanario desnudo, la imagen del avance de la sequía, Sandra Vicente, elDiario.es (2023-03-24)
  6. Indrets i racons: el cementiri vell de Sant Romà de Sau, a Vilanova de Sau, Antoni Prat i Puig, Vall del Ges, Orís i Bisaura (2023-03-30)
  7. El pantano de Sau se seca, Emily Cassidy (texto) y Wanmei Liang (imágenes), NASA Ciencia, Observatorio de la Tierra (2024-03-12)
  8. Cataluña vive el marzo más lluvioso de lo que llevamos de siglo, Xavi Segura, Ara (2025-04-01)
  9. El agua vuelve a los pantanos: imágenes del antes y el después de las lluvias, Ara (2025-04-07)
  10. Cinc curiositats de Tots Sants, Nació Digital (2024-11-01)
  11. Ofrendas de Día de Muertos, Turismo de la Ciudad de México, Gobierno de la Ciudad de México
  12. Iglesia de Sant Roma (2): el campanario con el cartel de la Agència Catalana de l’Aigua, Alberto-g-rovi, Wikimedia Commons